Portofino es, por construcción, un pueblo al que se llega sin aterrizar directamente. Su península calcárea no tiene pista ni helipuerto propio: el pueblo se ha protegido, voluntariamente o por geografía, de la masificación del transporte. Es esta limitación, compartida con muy pocos destinos en el mundo, la que ha convertido la llegada en helicóptero y por mar en la seña de identidad de quienes viajan en jet privado.
Desde Génova, el helicóptero vuela hacia el este bordeando la costa. En doce o quince minutos, aparece la península: el Castello Brown sobre sus rocas, el puerto con casas ocres y amarillas, los superyates anclados en la bahía. El helipuerto de Rapallo se encuentra a cinco kilómetros del pueblo. Un coche espera; se llega en menos de un cuarto de hora.
La opción marítima, propia del verano, es diferente en su ritmo. Un barco exprés desde el Porto Antico de Génova bordea la Riviera del Levante, pasa por Nervi, Camogli, la abadía de San Fruttuoso visible desde el mar, y entra en el puerto de Portofino bajo la mirada del Castello. Este trayecto de 45 a 60 minutos es a menudo descrito por los habituales como la verdadera válvula de escape entre el avión y la villa.
Las dos conexiones, helicóptero y barco, son complementarias. El helicóptero es la elección de la velocidad y la discreción; el barco, la de la llegada espectacular. Private Jets Connect coordina ambas desde Génova, según el horario y la preferencia de los pasajeros.